El eco social de un gol
ESTE MUNDIAL DE FUTBOL vino a cuadrar dos enseñanzas que valen la pena escudriñar. Por un lado, tenemos el éxito de la selección mexicana que demuestra la capacidad de unión del pueblo más allá de ideologías y por el otro, el hecho de que, entreverados en los bloqueos de las grandes organizaciones, un grupo de vecinos protestando por falta de servicios también utilizó esa estrategia y fue atendido con prontitud sin ser reprendidos.
Sabemos que los efectos del triunfo son efímeros y se convierten en un catalizador emocional que desaparece al otro día, pero también obliga a analizar los contrastes. ¿Porqué si un balón unifica a tantos, como es posible que no ocurra lo mismo en el resto de los ecosistemas productivos?
La respuesta es profunda. Del 2018 para acá, en su afán de construir un gobierno populista centralizado, se aplicaron medidas que quitó a los mexicanos varias sensibilidades, principalmente el de la solidaridad que despertó con pasión durante el terremoto del 85. Esa preocupación por el mexicano en desgracia se apagó por el cobijo y paternalismo gubernamental al querer hacerlo todo. La sociedad se olvidó de esa responsabilidad humana y no hay ni peticiones de apoyo público naturales, orgánicas, que hoy los venezolanos necesitan. Esa piedad también nos unía como nación.
Hay países como Francia que no requieren de un gol de su selección o una tragedia devastadora, para unirse y paralizar al país por semanas si tocan la edad de jubilación o Corea del Sur donde –en 2017--, millones salieron a las calles con velas de forma pacífica hasta lograr la destitución de su presidenta por un escándalo de corrupción. En México somos los campeones mundiales del aguante.
Sabemos festejar al recibir el triunfo de la selección como una recompensa emocional instantánea, pero los procesos educativos, políticos, económicos y sociales son lentos y carecen de una gratificación inmediata. Al no ver resultados rápidos, nos dispersamos. Si a esto le sumamos la ausencia de reglas confiables, que no se tuerzan e impere la impunidad, el ciudadano deja de jugar en equipo y prefiere el repliegue individualista.
A su vez son escasos los contextos de casos de éxitos colectivos o sociales lo que conformó, durante décadas de crisis, la cultura del “sálvese quien pueda”, que no da margen a pensar en sociedad sino en un asunto de supervivencia estrictamente familiar e individual y nos unimos al festejo de la selección porque no compromete nuestros intereses personales.
Y hay que decirlo al sistema político mexicano desde siempre, así como a los grandes mercaderes les conviene más dividirnos que unirnos. No nos convocan a la unidad en metas de Estado, vaya, ni en seguridad y nos incentivan a dividirnos para ganar más votos o clics en redes sociales. Por eso se influye en que busquemos un "crack", un mesías o un director técnico milagroso que resuelva el partido por nosotros, en lugar de entender que los cambios estructurales requieren un juego de conjunto, aburrido, metódico, de pasadas lentas para generar goles con jugadas estratégicas que vienen de disciplinas y ensayos constantes.
La Selección es el recordatorio de lo que somos capaces de coordinar cuando compartimos un objetivo. Cuando se tumbó al PRI en el 2000, nos dimos cuenta que si se puede, pero igual, al día siguiente en lugar de madurar como sociedad civil y democrática nos hicimos a un lado. Lo mismo pasó con llegada de la 4T y vivimos las consecuencias al delegar el destino en un solo hombre.
El nacionalismo de vitrina que nos quiere imponer Sheinbaum que promociona y brota con el último 3-0 (sin contar con el multimillonario apoyo), que, como el doctor Simi, se parecen, pero no es lo mismo, nos lleva a colocarnos con un deseo intrínseco que tenemos todos cuando vemos al atleta, basquetbolista, cantante, artista que pone en alto el nombre de México y nos llena de orgullo. Eso quisiéramos hacer porque vemos que a pesar del sistema político que busca sobajarlos, controlarlos, sin darles recursos, pudieron avanzar. Esa es nuestra forma de ver el amor por la Patria que no entiende ni embona con lo que pregona la presidenta.
También es el paradigma que no comprenden los gringos cuando ven que un pueblo como el mexicano tiene chispazos importantes y se unen en lo bueno, pero también en lo malo al elevar a calidad de dioses a los que manejan el crimen organizado. Falta y crean que, si ingresa su ejército a México, todos como uno, vayamos a agarrar nuestras resorteras para defender a nuestros gobernantes.
El otro detalle observado es un puntito, cuando una veintena de vecinos de una colonia se le hizo fácil y bloquearon una de las avenidas principales de CDMX, amparados en que no habrá represión policiaca, política repetida por Sheinbaum pues no son iguales a los anteriores, fueron atendidos con prontitud. Le encontraron el modo, justificado o no por las grandes organizaciones, y que bien puede escalar hasta convertirse en una metástasis social para el actual régimen. No pierda de vista este pequeño despertar.
La selección mexicana alejó también de momento otro gran factor de unión: la desilusión, pero ese es tema para otra ocasión. Por lo pronto hay que festejar que triunfos de estos no hay todos los días.
EN FIN, por hoy es todo, el lunes le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…
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