Paranoia: El sistema operativo del poder
La paranoia del poder no es un delirio clínico; es un sistema operativo. Para salvar al 'pueblo' imaginario, el régimen necesita anular al ciudadano real que piensa. En la URSS de Lenin y Stalin e incluso de Mao en China, la sospecha terminaba en el paredón; en el México de la Transformación, la suspicacia termina en la inhabilitación política, el escarnio público y la asfixia presupuestaria.
El método ha cambiado, pero el miedo a que alguien sea más inteligente o independiente que el Estado, sigue siendo el mismo y no es que México se convierta mañana en la Rusia de 1930, sino que estamos importando su tecnología de poder, un sistema donde la verdad es propiedad del Estado, la lealtad vale más que la inteligencia y la desaparición —ya sea física o estadística— se acepta como un costo necesario para la 'transformación'.
Este concepto no se refiere a un delirio clínico, sino a una estrategia de acción deliberada. Cuando el poder se concentra en un solo puño, la realidad se vuelve sospechosa y cualquier contrapeso, por técnico que sea, se percibe como una traición. La historia de los regímenes totalitarios no se escribe con ideales, se escribe con miedos que se incrustan en los genes de las futuras generaciones.
Cuando Lenin dio vida al decreto de la “Higiene social” (5 de septiembre de 1918) autorizó a la Cheka (policía secreta) a aislar a los "enemigos de clase" en campos de concentración y a fusilar a cualquiera vinculado a organizaciones "blancas" (oposición). No fue un estallido de ira popular, sino un decreto administrativo que legalizó la muerte de personas por el simple hecho de pertenecer a una clase social distinta.
Fue el nacimiento de la purga como burocracia. En siete años asesinó al cinco por ciento de la población que en aquel entonces (1918) rondaba los 130 millones. Con su sucesor, Stalin, en los subsiguientes 30 años los asesinatos y muertes escalaron hasta el doce por ciento de los 160 millones de habitantes.
El traspaso de Lenin a Stalin conllevó también la purga de todo aquel que pudiera hacerle sombra o bien, que por su capacidad pudiera relegarlo del poder. Así cayeron todos los burócratas pro leninistas pero también aquellos ajenos: escritores, profesionistas, militares e incluso, de los 1900 delegados que había en su partido, asesinó al 75 por ciento, aproximadamente. Paranoico total.
Y es que, si bien es cierto que en el caso mexicano la analogía en algunos parámetros se puede observar (Sheinbaum trata de demostrar que es el segundo piso de la 4T, mucho mejor que su antecesor), también lo es que, en lugar de desvivir a los contrarios dentro de su partido, gabinete o en cualquier otro ámbito, los reduce, mancha, grilla e inhabilita.
La transición de AMLO a Sheinbaum refleja el "Síndrome del Heredero", es un caso de estudio de paranoia controlada. La analogía dicta que como en “El Testamento” de Lenin, el fundador deja una maquinaria de poder ilimitado, pero la paranoia obliga a quien le sucede a ser "más radical que el radical" para evitar ser purgada por la propia base que la encumbró.
El "bastón de mando" es un símbolo, pero el control real sigue anclado en las estructuras creadas por AMLO (ejército y programas sociales). El recelo autocrático aquí se manifiesta en el miedo a la "desviación ideológica". Sheinbaum debe demostrar constantemente que no es "tibia", replicando la dureza del antecesor para no ser purgada políticamente por la base radical del movimiento.
Curioso, tanto Mao en China como Lenin en Rusia basaron su revolución en la creación del "Hombre Nuevo": un ciudadano que no piensa por sí mismo, sino a través de la ideología del Estado, y que desprecia el pasado "corrupto". El concepto de "Pueblo Sabio" de AMLO y Sheinbaum no es un conjunto de ciudadanos con derechos y obligaciones, sino una entidad abstracta que siempre tiene la razón (siempre que coincida con el líder).
Al igual que el "Hombre Nuevo", el "Pueblo Sabio" se usa para descalificar a los expertos, científicos y técnicos, tachándolos de "conservadores" o "ajenos a la realidad nacional". En su búsqueda del control total el Estado decide quién es "pueblo" y quién es "enemigo" o “traidor a la patria”, clasificándolo así por el éxito económico o su independencia por no necesitar de gobierno para subsistir.
En el México de la 4T la paranoia del poder muestra un traslape con los métodos soviéticos sumamente inquietante. Stalin culpaba de los fallos económicos a "ingenieros saboteadores". Hoy la narrativa oficial no busca fallas de ingeniería, busca "corruptos del pasado" o "intereses extranjeros". La paranoia dicta que, si el Estado falla, es porque alguien lo está bloqueando. Aún sigue Calderón siendo el malo de la película.
El odio de Stalin hacia los kulaks (campesinos prósperos) rima con el desprecio hacia los "aspiracioncitas". La paranoia necesita un villano interno (si no hay se inventa) para justificar el fracaso de sus metas. Al señalar a la clase media y a los intelectuales, el régimen purga el criterio propio y premia la dependencia absoluta. Al igual que Stalin ocultó el censo de 1937, hoy se 'maquilla' el padrón de desaparecidos.
A su vez, este purismo ideológico teme a la autosuficiencia ciudadana. Si el ciudadano tiene su propio sustento y datos (vía órganos autónomos como el INAI), el Estado pierde el control. Por eso, la "purga" actual es contra las instituciones: el INE, el Poder Judicial y los organismos autónomos son los "enemigos de clase" de este siglo.
Este mesianismo defensivo enmarcado en el centralismo de la verdad, existe desde los tiempos rusos (con el periódico Pravda que significa Verdad), y puede observarse en el movimiento de la 4T (con la mañanera del pueblo), cuya característica requiere de ser un solo vocero de donde emanen las líneas de acción. No es un invento real, ya tiene más de un siglo de existencia el apoderamiento de la narrativa.
Además, tiene el mismo tiempo acciones como cuando Stalin ocultó el censo de 1937 porque la "estadística" revelaba su fracaso humanitario. En México, el hostigamiento a las cifras de organismos autónomos o el "maquillaje" de los registros de desaparecidos es la versión moderna de ese mismo impulso: si la estadística es mala, se purga al estadístico. No se busca a la persona, se busca borrar el número que estorba a la narrativa. Es la victoria de la gráfica sobre la fosa.
En el corto plazo, la paranoia tiene un costo. Si proyectamos este concepto a dos años, el panorama es de asfixia institucional. Como en 1934, veremos al movimiento devorar a sus propios cuadros si estos muestran un ápice de independencia como recientemente se ha dicho al abrirse la posibilidad de que vayan en alianza PT-PVEM y MC desdeñando a Morena.
Lo increíble es que ambos tipos de liderazgos Lenin-Stalin vs AMLO-CSP, dejan de sentir remordimientos, escrúpulos. Se vuelven insensibles, de allí la frase que se le atribuye a Stalin que, apócrifa o no, revela una realidad tajante: "Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística."
Más allá de si la dijo o no, el concepto es una verdad política en los regímenes de corte autoritario o "progresistas radicales" pues al convertir la muerte en un número, el líder paranoico se quita la responsabilidad moral. Si en México hablamos de 180,000 homicidios o 115,000 desaparecidos, el poder responde con gráficas de "tendencia a la baja". Se combate la estadística, no se llora la tragedia. El paranoico se despersonaliza.
Para la "Paranoia del Poder", reconocer la tragedia individual de una madre que busca a su hijo en una fosa clandestina es "darle armas al enemigo". Por eso, el régimen prefiere refugiarse en la frialdad del dato macroeconómico o de encuestas de popularidad con lo que amplía más el abismo empático, la normalización del exceso y la gestión del horror que dicta que, si no estas con el líder, estas contra él y se te trata como traidor.
La paranoia del poder es un motor que nunca se apaga; siempre necesita nuevas víctimas para justificar su existencia. Rusia y China pagaron este sistema con millones de vidas. México lo está pagando con la demolición de su democracia y la normalización de la desaparición física y civil. Al final del día, en los regímenes de voluntad única, no hay aliados seguros, solo sospechosos en lista de espera.
EN FIN, POR HOY es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…
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